El otro día me crucé con ella. Hacía siglos que no nos veíamos y aunque inicialmente se hizo la loca para no saludarme, yo la abordé directamente así que no le quedó más remedio que entretenerse conmigo, me pilló en uno de esos días en los que tengo ganas de ser actriz.
-¡Holaaaa! ¿Cómo estás? Cuánto tiempo eh....No te había visto- me dijo después de los dos besos de rigor. Su primera frase ya me tocó un poquito el higo. La segunda fue peor.
- Bueno es que estás guapísima tía, ¿qué te haces?- afirmó al tiempo que me observaba de arriba a abajo, sus ojos de ratona reteniendo en el iris todos los detalles de mi anatomía/maquillaje/ropa/complementos, para poder despellejarme a gusto en la próxima reunión de antiguas alumnas. Me entraron ganas de vomitar.
- Pues nada hija, no me cuido nada ¿sahnnns? ya sabes que de natural soy así- contesté yo, en un tono pijo acorde al de mi interlocutora, que por cierto no me pega nada.
- Bueno me voy que llevo muchísima prisa, me alegro un montónnnn de haberte visto tía, qué guay, a ver si quedamos un día ¿no? y nos tomamos una cervecita, te llamo ¿vale? hasta lueguitoooooo- se despidió apresuradamente y se piró. Su última frase fue "Hasta lueguitooooo"
Me giré para verla irse. "No te había visto", "te llamo", "hasta lueguitooo"
¿Por qué se dicen cosas que no se sienten? Si yo no le pido que me llame, ¿por qué me dice que me va a llamar, si ambas sabemos que no es verdad?
Mi encubrimiento de la mentira me hace igual de culpable que ella por mentir.
Me fui a casa con mi interpretación muy bien realizada.